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ANECDOTAS: Cuando fuí secuestrado.

En ocasiones la situación más que divertida, es ridícula. Increíble pero cierta. La padecí en primera persona.

Era un enfermo, médico de profesión, con problemas mentales, mucho genio y muy corpulento. Había terminado la exploración Cardiológica y, ante mi negativa a darle el alta se alienó y no quiso sentarse en la silla de ruedas. Porfié inútilmente.

“¿Cuál es el problema?, ¿porqué no se sube a la silla?”, le pregunté. “Súbete tú y lo entenderás”. La situación era absurda y, como no podía convencerlo, hice la estupidez de sentarme en la silla para demostrarle que no pasaba nada. Como un rayo se sentó encima y quedé inmovilizado por su peso. La silla de ruedas, accionada con sus fuertes brazos, se desplazaba a increible velocidad por el largo pasillo de la cuarta planta, ante la mirada atónita de los celadores, enfermeras y estudiantes.

Finalmente, y gracias a que no funcionaba el ascensor, fuí rescatado, no sin esfuerzo. Como además se quejó al Colegio de Médicos hice el ridículo ante mis compañeros. Todavía lo comentamos y nos reímos.

Me hizo recordar el chiste del juerguista que, ya de madrugada, se inventó una coartada y ante sus compañeros de parranda, telefoneó a su mujer:  “Escuchame bién cariño, no pagues el rescate que ya me han soltado”.

Categorías:ANECDOTAS
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