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Carta de Paloma a Papá

Querido papá:

Hace ya más de un mes que no te tenemos físicamente con nosotros, pero como tú siempre decías, nadie muere si permanece en el corazón de las personas y tú siempre estarás en todos los corazones de la gente que te quiere.

Foto papa

Te escribo esta carta a través de tu blog – que hasta el último día estuviste alimentando -, la cual básicamente se centra en mi relación contigo en estos últimos cinco años que han sido los más cercanos que hemos vivido, para expresarte muchos sentimientos que, tras tu ausencia, han aflorado en mi corazón. Cierto es que siempre han estado dentro de mí, pero por el hecho de vernos a diario y por la rutina, no te lo decía tan a menudo como debiera.

Aunque esta carta la escribo en primera persona, me consta que estas palabras y sentimientos que aquí escribo e intento transmitir y plasmar son compartidos por supuesto por todos nosotros, tu familia que te quiere y te echa muchísimo de menos y por toda la gente que te conocía, ya no solo amigos cercanos y no tan cercanos, sino por personas que, por tu profesión o aficiones ibas encontrándote por el camino y en los que has dejado una profundísima y “entrañable” huella. Incluso la dejaste en tus últimos cinco años de vida en el interior de todas las personas que por el ictus te trataron, haciendo que tu calidad de vida fuese la mejor posible tanto por su profesionalidad como por su cariño hacia ti, el mismo cariño que tú les demostrabas.

En estos últimos cinco años pasaste de ser médico-Cardiólogo a ser paciente, aunque nunca dejaste de ser un profesional de la medicina, pues naciste siendo cardiólogo, viviste ejercitando la cardiología y te fuiste siéndolo igualmente. Siempre pensé que nunca hubieses encontrado el momento para jubilarte (seguías pasando consulta a tus 82 años) y fue el ictus el que te obligó a hacerlo.  Para ti, la consulta era una parte muy importante de tu vida, disfrutabas enormemente yendo a trabajar, con el trato de tus pacientes a los que muchos convertiste en amigos, como así lo han demostrado en estos momentos.  Has dejado una profundísima huella ya no solo en ellos, sino también en muchos colegas de profesión e internos tuyos en el servicio del Clínico que dirigías.

El 11 de marzo de 2011 Japón sufrió un terrible terremoto y tsunami. Esa misma fecha, según tus propias palabras, tu tuviste tu propio “tsunami” (siempre recordaré cómo, haciendo referencia al accidente cerebrovascular que sufriste, te señalabas con el dedo índice derecho tu sien derecha).

Cuando ese día sufriste ese “pichirichi” como tu decías o “patada en los huevos” (perdón por la expresión, pero es tu propia definición la que utilizo) y que, según las palabras de los médicos que te atendieron, casi no superas (fue como un milagro  – pues incluso llegaron a comentar que probablemente no serías capaz de sujetar el tronco por la hemiplejia que sufrías), me prometí a mí misma que minuto que tuviese libre a partir de ese mismo instante te lo iba a dedicar, pues no sabía el tiempo que podría disfrutar de estar contigo. En ese momento agradecí no tener familia propia (hijos ni marido) que atender o dedicar mi tiempo, lo cual me permitió poder entregarme a ti como me prometí. Lo hice porque quise, con todo mi amor y cariño y, por supuesto, con todas las consecuencias, sabiendo que llegado este momento que ahora estamos viviendo todos, lo iba a acusar especialmente, pero no me arrepiento de haberlo hecho y volvería a hacerlo una y mil veces más.

Estos casi cinco años que hemos estado más unidos que nunca, he pasado contigo unos momentos que no los cambiaría por nada del mundo. He tenido una relación muchísimo más estrecha, intensa, cercana, cariñosa y, haciendo uso de una de las palabras que más te gustaba utilizar, “entrañable”, que en todos los años anteriores.

Recuerdo tu sentido del humor, tan peculiar, y que nunca perdiste, – ¡me he reído tanto contigo papá!- y no sólo yo, Milton se reía muchísimo contigo igualmente. Recuerdo momentos donde estando con Milton te quedabas como callado para luego soltar algún chascarrillo, que tanto a Milton como a mí nos hacían troncharnos de risa por tu ocurrencia, sabíamos que cuando te quedabas callado tras un comentario era porque estabas maquinando algo que responder para dejarnos alucinados con tu agudeza, salida o golpe.

Intento acordarme de los buenos momentos vividos, a modo de consuelo, pero no es fácil. Supongo que el dolor de tu ausencia sobre todo física (caricias, abrazos, oir tu voz…) hace como de barrera y aún me impide sentirte de otra manera más espiritual, imagino y espero que el tiempo ayude para aprender a sentirte en el corazón y dentro de mi, sentirte de un modo más sosegado.

Estos cinco años contigo, nos ha permitido tanto a mi como a todos los que compartíamos tu vida, conocer una faceta tuya que antes estaba más escondida o te costaba más mostrarla a los demás. A raíz del ictus tus sentimientos afloraron de manera espontánea, recuerdo una de las primeras entradas publicadas tras el ictus, en éste, tu blog, titulada “Los hombres también lloran”, en la que expresas perfectamente ésto que comento.

Tu coraje y gallardía para superar y sobrellevar tan humanamente y de una manera tan admirable estos cinco años de dependencia total y absoluta, con lo que tú eras de independiente, ha sido extraordinario (recuerdo que la noche anterior a sufrir el ictus habías estado bailando sevillanas hasta bien entrada la madrugada tras haber estado pasando consulta por la tarde). Al principio te lo decíamos mucho pero luego – supongo por rutina – dejamos de hacerlo tan a menudo, pero de verdad que pensándolo bien y detenidamente papá, has sido ejemplar y digno de admiración.

Ese mismo coraje y aplomo te dio fortaleza para salir adelante y superar el ictus masivo que sufriste (cuando ni los médicos pensaban que saldrías adelante), siempre decías que no ibas a “tirar la toalla” y claro yo a mi misma me repetía en momentos bajos “¿cómo voy a tirar yo la toalla si tu no lo hacías?”, era impensable.

Ya desde los primeros momentos, incluso desde el hospital, siempre nos demostrabas que estabas OK (“Cero Killed” ¿recuerdas?), con el pulgar derecho hacia arriba cuando te preguntábamos cómo te encontrabas. Esa fortaleza y ganas de vivir y luchar junto con la Fe, es lo que te ayudaba a seguir adelante. Era admirable tu afán de superación, te crecías antes las dificultades y retos más complicados, recuerdo una palabra que por primera vez oí en una sesión de neuropsicología con Amaya, “resiliencia” que define muy bien cómo afrontabas tu nueva situación, “capacidad de una persona para superar circunstancias traumáticas”, esta palabra se asociaba a ti completamente.

Siempre te recordaré ideando y maquinando maneras para poder andar o dar algún pasito que otro, incluso hasta el día antes de tu ingreso en el hospital dos días antes de que nos dejaras físicamente. Eras consciente de que necesitabas ayuda, pero eras siempre tu el que proponías.  Me decías: “ponte enfrente mío, yo apoyo mi mano derecha en tu hombro y arrastrando una silla verás cómo ando”. Nunca perdiste la esperanza, fuiste un ejemplo para todos.

Te encantaba bailar, bailes de salón y flamenco sobre todo, adorabas las sevillanas, era una de tus múltiples pasiones. Recuerdo que siempre decías que las discotecas se cargaron el baile agarrado.  En bodas, fiestas o cualquier festejo donde hubiese música, el primero en salir a la pista de baile eras tu y por supuesto el último en abandonarla.

Ya en tu sillón, cuando tu hemiplejia te impedía bailar por ti mismo, siempre que sonaba en la televisión música que te gustaba proponías que te levantase para balancear, apoyándote en mi, tu cuerpo de un lado para otro. Cuando sonaba alguna canción flamenca golpeabas tu pie derecho contra el suelo a modo de zapateo y elevabas tu brazo derecho como  acompañamiento.

Otra de tus pasiones era la navegación de vela ligera, adorabas navegar, y sobre todo explicar el funcionamiento de la navegación a todo aquél que nos acompañaba (decías “el viento es la gasolina del barco y de momento es gratis, aunque no sabemos por cuánto tiempo… seguro que algún día nos cobrarán por utilizarlo…”). Disfrutabas enormemente explicándolo todo, eras un excelente comunicador, tenías un don especial que ya demostraste en tu época como profesor de Cardiología y ayudándonos a nosotros, tus hijos, en alguna que otra asignatura. Recuerdo especialmente tus explicaciones sobre la reconquista y tu ayuda en un trabajo de religión que, por cierto, sirva como anécdota, me suspendieron pues propusiste que dibujase en la portada de dicho trabajo sobre la Santísima Trinidad un ojo dentro de un triángulo representando su ubicuidad y el profesor lo interpretó como un símbolo masónico. ¡Cuántas veces lo hemos recordado estos últimos cinco años!, seguro que si te encontrabas con dicho profesor hubiese salido mal parado….

Tal y como dijimos en la iglesia, antes, para poder verte y estar contigo a tu lado, era necesario ir donde tu estabas papá, ahora podemos y puedo hablar contigo cuando queramos pues te llevamos en nuestro corazón, sin silla y sin dolores. Mario, tu nieto incluso expresó su preocupación de “cómo subiría ahora el abuelito al cielo”, por supuesto se refería al medio de transporte.

Soy consciente de que has tenido una vida plena, has creado una familia junto a mamá, has tenido 4 hijos, has visto nacer a 6 nietos (incluso has navegado hasta tu último verano con todos ellos, disfrutando como el que más), has desarrollado una carrera profesional digna de admiración, has escrito un libro “Manual de Cardiología” que ha sido un referente en la Cardiología, escribías un blog sobre Historia, patinaste sobre ruedas hasta casi los 75 años….., pero TE ECHO DE MENOS, sé igualmente que estás bien y feliz, rodeado de tus seres queridos y aunque todo el mundo dice que es ley de vida no por eso deja de doler.

Espero tener la suerte de poder seguir recordándote con la misma intensidad con la que he vivido tus últimos años. Siempre te llevaré en mi corazón (como te decía cada noche durante estos cinco años al despedirme cuando te acostaba).

TE QUIERO PAPA, TE QUEREMOS TODOS y NUNCA TE OLVIDAREMOS!. Por ello siempre estarás con nosotros.


FUNERAL

En primer lugar, y en nombre de mi familia, daros las gracias a todos por vuestra presencia y por vuestras oraciones, así como a los que no han podido venir a esta celebración pero nos han hecho llegar su cariño y apoyo.

Y, sobre todo, gracias a Dios por el don de la vida de mi padre, porque nos haya permitido disfrutar de él tantos años y nos haya regalado cinco más cuando creíamos que ya nos dejaba.

La muerte de un padre es una experiencia muy triste y dolorosa, pero también una oportunidad para descubrir cuánto fue querido y lo que significó en la vida de las personas que le conocieron. Me enorgullece saber que ha dejado huella en cada una de ellas.

Mi padre adoraba su trabajo, la cardiología le mantuvo en activo hasta los 82 años. Era un médico extraordinario, un profesional ilusionado y comprometido, además de cercano con todos y cada uno de sus pacientes. Pero también adoraba y exprimía al máximo su tiempo libre. Leía muchísimo, escribía, y disfrutaba de sus grandes pasiones: el baile y el mar.

Hasta el último verano, disfrutó navegando en su velero rodeado de su mujer, hijos y nietos, y viendo como disfrutaba todo aquél que nos acompañaba. Y hasta el final de su vida se balanceaba de lado a lado zapateando al son de una canción flamenca con su brazo en alto.

Con gran fortaleza superó el ictus masivo que sufrió hace cinco años y que le dejó hemipléjico en silla de ruedas. Su carácter tenaz y perseverante, su afán de superación y las ganas de vivir le ayudaron a seguir adelante y no rendirse jamás. Nunca perdió la esperanza, y hasta el mismo día anterior a su ingreso en el hospital mantuvo la ilusión por volver a dar algún pasito que otro.

A su calidad de vida estos últimos años contribuyó también un cerebro extremadamente ejercitado y cultivado durante toda su vida, que nunca dejó de sorprender a todo aquél que le trataba.

Su coraje para sobrellevar tan humanamente y de una manera tan admirable estos cinco años de dependencia total ha sido ejemplar.

El ictus que sufrió en el mejor momento de su vida, como él reconocía, nos ha hecho descubrir a todos a un hombre, marido y padre todavía más cariñoso y entrañable. No dejaba de repetir que ver crecer a sus nietos, en compañía de su esposa, era una Bendición y que le estaba inmensamente agradecido a Dios por este privilegio.

Antes, para ver a papá era necesario ir dónde él estaba. Ahora podemos hablar con él cuándo queramos, pues le llevamos en nuestro corazón.

Cierto es que tenemos que aprender a sentirle en nuestro interior y, aunque todavía el dolor de su ausencia nos impide sentirle de este modo más sosegado, supongo y espero que con el tiempo aprendamos a hacerlo.

Te queremos Papá.


LA MUERTE NO ES EL FINAL (Canción Coro)

Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino, que aunque morimos no somos, carne de un ciego destino. Tú nos hiciste, tuyos somos, nuestro destino es vivir, siendo felices contigo, sin padecer ni morir. Siendo felices contigo, sin padecer ni morir.

Cuando la pena nos alcanza por un hermano perdido cuando el adiós dolorido busca en la Fe su esperanza. En Tu palabra confiamos con la certeza que Tú ya le has devuelto la vida, ya le has llevado a la luz. Ya le has devuelto la vida, ya le has llevado a la luz

Cuando, Señor, resucitaste, todos vencimos contigo nos regalaste la vida, como en Betania al amigo. Si caminamos a tu lado, no va a faltarnos tu amor, porque muriendo vivimos vida más clara y mejor. Porque muriendo vivimos vida más clara y mejor.

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